REAL, MUY ANTIGUA E ILUSTRE COFRADÍA
DE CABALLEROS Y DAMAS,
CUBICULARIOS DE SAN ILDEFONSO Y SAN ATILANO,
CUERPO DE LA NOBLEZA DE ZAMORA

REAL, MUY ANTIGUA E ILUSTRE COFRADÍA
DE CABALLEROS Y DAMAS,
CUBICULARIOS DE SAN ILDEFONSO Y SAN ATILANO,
CUERPO DE LA NOBLEZA DE ZAMORA

Historia de la Real
Cofradía

La Cofradía de Caballeros y Damas Cubicularios de San lldefonso y San Atilano de Zamora, que desde tiempo inmemorial tiene el título de Real, tiene su origen en el culto y la veneración que los zamoranos han profesado desde tiempo inmemorial a las reliquias de uno de los Padres de la Iglesia y de los más importantes santos de la iglesia hispano-visigoda, el arzobispo san lldefonso de Toledo (657-667), así como al primer obispo de la diócesis de Zamora, san Atila no (901-979).

Reconquistada la ciudad de Zamora por el rey Alfonso III el Magno a finales del siglo IX, la repoblación trajo a orillas del Duero a moradores procedentes de diversos puntos de la geografía española. Entre ellos llegó un grupo de mozárabes toledanos que, según la tradición, trajeron consigo las reliquias de su arzobispo San lldefonso, conservadas hasta la fecha en la iglesia de Santa Leocadia de Toledo, a los pies del que fue su predecesor el arzobispo San Eugenio (646-657).

Durante el lustro que media entre los años 981 y 986, Almanzor atacó la ciudad en diversas ocasiones lo que marcó el fin de una etapa y el comienzo de una época de decadencia urbana y la extinción de la diócesis. Eso hizo que se perdiera también la veneración de los cuerpos santos cuyo recuerdo permaneció, tan solo, en memoria colectiva.

Trescientos años después, durante el pontificado del obispo Suero Pérez (7255-7286), parece que tuvo lugar el hallazgo de los restos de San lldefonso en la que entonces era conocida como parroquia de San Pedro. La tradición popular vincula este hallazgo con el aviso que la Virgen María dio a un pastor residente en la tierra del vino llamado Pascual, durante una aparición que tuvo lugar en las proximidades de la villa camera! de Bamba.

Según esta tradición piadosa recogida por Agustín de Rojas Villaldrando y por Jerónimo Martínez de Vegas, la Madre de Dios le comunicó en sueños a este pastor el lugar exacto en el que habían de encontrarse las reliquias del santo arzobispo de Toledo. El sencillo ovejero debía acudir a Zamora para decírselo al cura de San Pedro con el fin de que este sacase el cuerpo de San lldefonso de donde estaba oculto y lo colocase en un lugar conveniente.

Más allá de esta leyenda piadosa que ha vinculado al santuario de la Virgen del Viso con la devoción a los santos patronos, el descubrimiento de los restos de San lldefonso fue relatado por un contemporáneo del hallazgo el religioso franciscano fray Juan Gil de Zamora en su obra De Preconiis Hispaniae y ha quedado también constancia en un magnífico frontal de piedra tallado en la segunda mitad del siglo XIII en que se narra la vida del santo, descubierto durante las últimas obras de restauración del templo. De este hallazgo también ha quedado registro en unos textos litúrgicos que se remontan al siglo XIV: el Breviario y el Misal de Zamora en los que figuran la fiesta de la invención de los restos del santo arzobispo el 26 de mayo con su octava y la memoria de los santos patronos San lldefonso, el 23 de enero, y San Atilano, el 5 de octubre.

Desde el momento de su hallazgo, diversos arzobispos de Toledo reclamaron el regreso de las reliquias a su sede episcopal y para conseguirlo solicitaron sucesivamente el concurso de la monarquía e incluso de la Santa Sede quienes pidieron a los zamoranos la devolución de los restos del santo arzobispo sin lograr su propósito. Para evitar la pérdida o sustracción de estas reliquias, unos caballeros zamoranos decidieron fundar la Congregación de Caballeros de San lldefonso para cuyo ingreso sus aspirantes juraban sacrificar su vida, «si fuere necesario, para que se veneren y conserven en esta ciudad los santos cuerpos de San lldefonso y San Atilano, nuestros patronos». Una defensa que les llevaba a desobedecer las pretensiones de todo aquel que pretendiera obligarles a trasladar sus restos, como hizo el rey Felipe V, a quien le respondieron que «la pena de su precisa y leal obediencia no sería otra que ceder las vidas».

Las primeras noticias documentales que certifican la actividad de la Cofradía

sabemos del momento exacto en que tuvo lugar la fundación de esta Cofradía. La Cofradía primigenia no estableció ordenanzas para comportarse como una corporación cuasi secreta para cumplir su misión. Pudo ocurrir en fechas inmediatas a la invención de los cuerpos santos aquel 26 de mayo de 1260, como acredita la tradición. Las primeras noticias documentales que certifican la actividad de la Cofradía datan del primer cuarto del siglo XV en que se funda un hospital para pobres en las inmediaciones de la parroquia de San Pedro. En este centro se acogía a todo tipo de enfermos, excepto los incurables, se le suministraban las medicinas y además se ofrecían dos comidas anuales a todos los pobres que quisieran acudir en torno a las fiestas del 23 de enero y el 26 de mayo. Este centro benéfico se mantuvo, al menos, hasta finales del siglo XVII, lo que muestra la importante obra social que la Cofradía ha desempeñado desde sus orígenes y concreta de un modo particular el ejercicio de la caridad cristiana como parte integrante de la identidad asociativa católica.

Junto a esta obra social y la custodia de los cuerpos santos, el fin principal de la Cofradía era el de promover la «devoción del dicho Glorioso Santo lldefonso» y celebrar anualmente sus fiestas, el 23 de enero y el 26 de mayo, siendo esta última la conmemoración del hallazgo de sus restos; el culto a San Atilano, primer obispo de la diócesis, el 5 de octubre, cuyas reliquias, se conservan en el mismo templo y también son custodiadas por la Cofradía que pasó a denominarse por ello de San lldefonso y San Atilano; y la Descensión de Nuestra Señora para imponer la casulla a san lldefonso en el mes de diciembre. A estas fiestas se fueron añadiendo otras celebraciones como la de Santa Catalina.

La admiración por la figura de San lldefonso, que tenía una profunda devoción a la Inmaculada Concepción doce siglos antes de su proclamación dogmática, hizo que esta arraigara en Zamora. En 1466 se produjo en Villalpando el primer voto de la cristiandad a la Inmaculada Concepción y en 1585 fueran soldados zamoranos los que presenciaron el Milagro de Empel.

Las primeras ordenanzas conservadas datan del año 1503 en la que se alude a su historia anterior al consignar que, «desde tiempo inmemorial», la Cofradía estuvo compuesta de «caballeros y hombres hijosdalgo de limpia sangre» y se limitaba el número de miembros a sesenta cofrades vecinos de Zamora y a otros tantos forasteros. Tres décadas más tarde, en 1536 se modificaron estos Estatutos (entonces llamados Constituciones) detallando, entre otras cosas, el modo de hacer las averiguaciones de la condición nobiliaria de los aspirantes y el de hacer entrega y custodiar la llave de las arcas que conserva la Cofradía. Estas ordenanzas recibieron sucesivas ampliaciones y reformas en 1568, en 1576 y en 1624 para responder a los nuevos retos y desafíos presentados con el paso de los siglos.

Desde fines del siglo XVI, hasta bien entrado el siglo XIX, la Cofradía se asimiló al funcionamiento de las Ordenes Militares y Reales Maestranzas españolas en el modo de realizar las pruebas de ingreso, lo que trajo consigo la incorporación de algunos integrantes de las casas reales y nobiliarias más ilustres de Europa, entre ellos diversos monarcas españoles. Entre estos últimos, pertenecieron a la Cofradía Enrique IV que ingresó en 1465, el rey Carlos V en 1522, el futuro rey Felipe II en 1554, Felipe III en 1602 y Fernando VI I en 1815, que junto con su hermano el infante Carlos, después monarca de la rama carlista como Carlos V, fueron los últimos soberanos en formar parte de la Cofradía.

Junto a esta Cofradía de Caballeros de San lldefonso y San Atilano, existían otras cofradías nobiliarias que se fueron refundiendo con ella a lo largo de los siglos. La primera que se integró fue la de Santa Catalina de cuya anexión ya hay constancia en las primeras ordenanzas que se aprobaron en 1503. Posteriormente, se integraron la Cofradía de Nuestra Señora de los Reyes, vinculada al apóstol Santiago y radicada en la capilla de Santiago de la catedral y en la parroquia de Santiago del Burgo de Zamora, la del Corpus Christi, limitada a tan solo trece caballeros, que tuvo su sede canónica sucesivamente en el convento de San Francisco y en la parroquia de San Vicente, la de Nuestra Señora de la Candelaria que disponía de una capilla en la calle Corral Pintado, la de los Caballeros de San Nicolás, erigida en la iglesia de Santa Eulalia y, desde 1770, agregada a la de San Andrés al quedar fusionadas ambas parroquias en una sola.

Todas ellas se refundieron con la de San lldefonso, pero respetando sus propios fines y conservando la denominación propia. Según algunos historiadores, este conjunto de cofradías agrupadas en una única corporación fue conocida en Zamora bajo la denominación general de Cofradía de los Caballeros que tuvo en los santos patronos el centro de su culto.

La invasión francesa despojó a la Cofradía de su patrimonio

Con la llegada del siglo XIX y a consecuencia de los cambios sociales, ticos y económicos que hicieron caducas o modificaron sustancialmente instituciones procedentes del Antiguo Régimen, la Cofradía cesó sus actividades del mismo modo que las cesaron, incluso desaparecieron, otras muchas instituciones católicas. La invasión francesa despojó a la Cofradía de buena parte de su patrimonio y el impacto de la desamortización de Mendizábal hizo al Estado propietario de sus bienes, cuyos remanentes tan solo alcanzaron para sufragar los gastos ocasionados hasta el año 1846.

Sin embargo, al comenzar el ochocientos, la Cofradía entró en decadencia por falta de hermanos y estuvo a punto de extinguirse. En el verano de 1815, cuando los franceses ya habían abandonado la península Ibérica, tan solo quedaban tres cofrades. Hacía más de cuarenta años que no había nuevos ingresos y las restricciones impuestas de no admitir a nadie sin aportar pruebas nobiliarias ocasionaban notables gastos a los aspirantes y dificultaban su incorporación. Para evitar su extinción, ese mismo año se admitieron nuevos miembros sin necesidad de presentar estas pruebas, al ser pública y notoria la condición nobiliaria del marqués de Villagodio, del señor de Sexmil, del vizconde de Garci-Grande y de su hermano y su nieto. Ese mismo año también se admitió al monarca Fernando VII junto con los entonces infantes don Carlos y don Antonio de Borbón. Sin embargo, su admisión no impidió el declive de la Cofradía. Con el fin de evitar su desaparición, en 1840 el cuarto vizconde de Garci-Grande se llevó el archivo de la hermandad a su domicilio, que integró en su propio archivo nobiliario.

Quince años más tarde, en 1855, fallecía sin descendencia el penúltimo cofrade, el primer duque de Castro-Terreño, caballero de la Orden del Toisón de Oro y capitán general de los Reales Ejércitos (1761-1855). Tras su óbito, la Cofradía quedó representada por el único cofrade vivo, el quinto vizconde de Garci-Grande, cuyos sucesores custodiaron el Archivo y con él, se encargaron de las llaves, pues desde antiguo, las ordenanzas establecían «que las llaves de las rexas y urnas de los Cuerpos Santos de San lldefonso y San Atilano, estén siempre en el archivo como está acordado».

A lo largo de estos años en que la Cofradía casi había desaparecido y se hizo necesario el concurso de las llaves para exponer las reliquias a la veneración de los fieles, algún miembro de la Casa Vizcondal de GarciGrande acudía a Zamora, directamente o por representación, para ofrecer sus llaves y facilitar la apertura de la reja y de las urnas. Así ocurrió en cuatro ocasiones, la última el 11 de diciembre de 1960, en que se desplazó hasta Zamora el séptimo vizconde.

En los años sesenta surgió el deseo de refundar la Cofradía, un proyecto que cuajó en 1967 con la redacción y aprobación de sus nuevos estatutos. Una vez reorganizada esta, sus integrantes se hicieron con la posesión de las llaves de la reja y de los sepulcros de San lldefonso y San Atilano, tarea que formaba parte de sus fines más genuinos, especialmente desde que estos se custodian en la parte alta del retablo de la iglesia. Además, la Cofradía se ha encargado desde ese momento de promover el culto a los santos patronos, de difundir su memoria y de cooperar con las necesidades de la iglesia parroquial de San Pedro y San lldefonso.

La redacción de estos nuevos Estatutos es fruto de la devoción a los santos patronos que han mostrado sus integrantes a lo largo de los siglos y, sin perder su esencia original, del deseo de adaptarse a las necesidades de la Iglesia actual y de la evangelización de los pueblos, para cumplir con su misión espiritual y social en la ciudad de Zamora, sin perder la esencia de la tradición propia de la corporación en cuanto a la condición de sus miembros y su vinculación con la Corona, como bien señala el Fuero Juzgo del antiguo Reino de León.

A lo largo de los siglos han sido varios los reyes de Castilla y de España que han visitado Zamora para venerar las reliquias, como Juan IIFelipe IIIAlfonso XII y Alfonso XIII y así como la Princesa de Gales (1501). De forma muy ocasional se han cedido a las diócesis de Toledo y Tarazona pequeños fragmentos de la reliquia, así como a la Abadía de Seckau (Austria) en 1893, a petición de la Reina Regente.

También han sido recibidos como Caballeros Cubicularios los reyes Enrique IVCarlos IFelipe IIFelipe IIICarlos II y Fernando VII y el Infante Carlos María Isidro de Borbón, así como miembros de las casas de AlbaInfantadoMedinaceli (Quintana de las Torres)LermaGandíaOlivaresCondestables de CastillaColonnaOrsini y Orléans.

Asimismo, han engrosado tradicionalmente sus filas la nobleza de Zamora, entre ella la titulada, como los duques de Benavente, de Frías y de Castro-Terreño; los marqueses de AlcañicesTávara, de marquesado de Villagodio y de Valparaíso; los condes de Alba y AlistePuñonrostro, de Castronuevo y de Casatrejo; los vizcondes de Garci-Grande y de Valoria, entre otras personalidades.